Dietario de cómics (I)

Esta tarde estaba fisgando las novedades de la Llibreria Caselles cuando un cliente se ha dirigido al mostrador y ha preguntado por los dietarios que estaban a la venta. Los dependientes, después de consultarse entre ellos, le han contestado amablemente que no tenían ni idea de lo que era un dietario. Como la posterior explicación del cliente ha sido bastante confusa, nadie ha conseguido entender exactamente qué es lo que estaba buscando, así que se ha marchado con las manos vacías. 

Yo tampoco tenía ni idea de qué era un dietario, y la verdad es que la pertinente búsqueda en el diccionario de la RAE tampoco ha terminado de disipar mis dudas. Pero la palabra me ha resultado bonita, así que he decidido meterla en el título de esta serie de posts en los que voy a comentar algunos cómics que he leído últimamente. Para empezar, hoy voy a contar algunas cosas sobre Dance! Kremlin Palace y el primer volumen de Dementia 21 de Shintaro Kago, la edición integral de Isacc el Pirata de Christophe Blain, y Repentless, el cómic del grupo Slayer


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Pulphead

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Por fin leo un gran libro en el verano de 2014. Este es “Pulphead” (Literatura Mondadori, 2013), que hasta donde tengo noticia es lo primero que se edita en castellano del estadounidense John Jeremiah Sullivan. Se trata de una recopilación de artículos de este periodista que según Wikipedia se publicaron originalmente en las páginas de The Paris Review, GQ y Harper’s Magazine. Si tengo que citar la Wikipedia es porque la información que acompaña a la edición es bastante incompleta, cuando no errónea. Mismamente, han colado como subtítulo la edición en castellano “Crónicas de la otra cara de Estados Unidos” (en el original solo aparecía un escueto “Essays”), y la nota de la contraportada comenta que “sus crónicas (…) nos acercan a la cultura popular norteamericana y nos convierten en testigos de excepción de algunos episodios de la historia reciente de Estados Unidos. (…) Sullivan construye una radiografía de la sociedad norteamericana del siglo XXI”, que son descripciones bastante limitadas de lo que depara el texto. Sigue leyendo

Escucha esto, de Alex Ross

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En 2012 la editorial Seix Barral publicó en España “Escucha esto”, el último libro de Alex Ross. Se trata de una voluminosa recopilación de artículos sobre música de lo más interesante. Aunque tampoco resulta una novedad que esto sea así: siempre es interesante leer a Ross cuando escribe sobre música. Sigue leyendo

Retromania (II)

Retromania

En el post anterior repasé algunos acontecimientos objetivos (fechas de publicación de discos, momentos de auge o declive de artistas, de aparición o de extinción de estilos musicales, etc.) que Simon Reynolds describe en “Retromania”. Pero también es interesante fijarse en los sentimientos que estos sucesos despiertan en el autor y en el público musical en la actualidad. Sigue leyendo

Retromania (I)

Retromania

¿Queda algo por inventar en la música? En los últimos años me he encontrado esta pregunta como inicio de una discusión recurrente en foros de internet. Las respuestas suelen ser variadas, y dependiendo del foro habrá quien sitúe la fecha en la que la música agotó su creatividad en la década de los ochenta, los setenta, los sesenta o incluso habrá quien se remonte a los tiempos de Beethoven o a Bach. Sigue leyendo

La nostalgia del aburrimiento

Hace un rato sentí una extraña punzada de nostalgia por el aburrimiento, esa especie de vacío absoluto tan familiar cuando era adolescente, o universitario, o solicitante del subsidio por desempleo con veintipocos años. Esos grandes pozos que vaciaban el tiempo sin que absolutamente nada pudiera llenarlos terminaban por llevarme a una sensación de tedio tan intenso que llegaba a ser casi espiritual. Esto era en la era pre-digital (antes de los CD’s, los ordenadores personales, mucho antes de internet), cuando en el Reino Unido existían solo tres o cuatro canales de televisión y en la mayoría no había nada que quisieras ver; solo un par de emisoras de radio más o menos tolerables; ninguna tienda donde comprar videos ni DVD’s; sin email, sin blogs, sin webzines, sin social media. Para aliviar el aburrimiento dependías de libros, revistas, discos, y todos estaban limitados a lo que pudieras gastar. También podías recurrir a hacer diabluras, o a las drogas, o a la creatividad. Era una economía cultural de escasez y demora. Como fan de la música, esperabas a que las cosas fueran publicadas o emitidas. Un álbum, los nuevos números de los semanarios musicales, el programa de John Peel a las diez en punto, Top of the Pops los jueves. Había largos vacíos que avivaban la espera, y si llegado el momento se daba el caso de que te perdías el programa, el show de Peel o el concierto, este se había ido para siempre.

El aburrimiento es diferente hoy. Consiste en supersaturación, distracción, falta de descanso. A menudo estoy aburrido pero no por falta de opciones: tengo un millar de canales de televisión, la abundancia de Netflix, incontables emisoras de radio en la red, innumerables discos por escuchar, DVD’s por ver y libros por leer, la especie de laberinto que es el anarco-archivo de Youtube. El aburrimiento de hoy no está hambriento, no es una respuesta a la privación; es una pérdida de apetito cultural en respuesta al exceso de llamadas a que prestes tu atención y tu tiempo.

Retromania. Simon Reynolds.

Estos párrafos que acabo de traducir aparecen en “Retromania: Pop Culture’s Addiction to Its Own Past”, un más que interesante libro que estoy leyendo estos días y del que seguramente escriba una reseña más extensa dentro de un par de semanas.

El texto habla por sí mismo. Todo va demasiado rápido y la oferta de información es excesiva. Me asusta pensar que vivo en un mundo en el que los minutos que me ha llevado traducir estas líneas son tiempo derrochado, durante el que me he permitido el lujo de dejar de escuchar dos o tres canciones. Que estos párrafos contienen más palabras y más información que la que ni google ni ningún internauta están dispuestos a asimilar. Y que yo mismo he de postear estos dos párrafos si quiero estar seguro de que dentro de siete días los voy a recordar como algo diferente de los otros miles de párrafos que leeré a lo largo de esta semana.