Contra la distopía

Francisco Martorell Campos, fan confeso de las distopías en la literatura, el cine y la televisión, dedicó su tesis doctoral a destripar las claves de este género. Según él mismo explica, a medida que profundizaba en el tema desde una perspectiva crítica se fue dando cuenta de que buena parte de este tipo de relatos están repletos de elementos indefendibles desde un punto de vista ideológico. Finalmente, sus indagaciones y sus reflexiones se han resumido en “Contra la distopíala cara B de un género de masas” (2021, La Caja Books), y en este post comento lo que me ha parecido el libro.

Hasta hace no tantos años, pocos se tomaban en serio las moralejas que suelen presentar las obras distópicas. Hacía falta ser muy agorero para atender más a ellas que a los planteamientos científicos en los que se basa cualquier manual de sociología. Pero el boom masivo que ha vivido el género en los últimos tiempos ha incrustado un pesimismo histérico en el centro del imaginario popular mainstream, así que cada vez con más frecuencia se escuchan opiniones sombrías y chungas sobre cualquier tema, sacadas directamente de alguno de estos relatos del género asustaviejas.

¿Qué valor se le puede dar a este tipo de mensajes? De partida, Martorell pone en duda el potencial de estas ideas para provocar de forma directa grandes cambios sociales; sin embargo, considera que en ocasiones estas ideas llegan a condicionar la percepción colectiva sobre aspectos de relevancia política: a veces para alertar de amenazas realies (y pone el ejemplo de El cuento de la Criada como llamada de atención sobre el retroceso de los derechos de las mujeres en los Estados Unidos); pero también para introducir prejuicios infundados y miedos irracionales que, desafortunadamente, suele coincidir con la agenda política de movimientos de ultraderecha.  

A partir de este punto, Martorell traza una clasificación de distintos tipos de distopía, y de paso identifica las simplificaciones, prejuicios y obsesiones por las que no se deberían tomar demasiado en serio la mayoría de estos relato: la fijación por situaciones de injusticia que desaparecieron del mapa político occidental ya hace décadas (o que directamente nunca han existido más allá del universo literario), el gusto por el fatalismo milenarista, la omnipresencia de idealizaciones que no guardan demasiada correlación con la sociedad contemporánea… Además, plantea que sembrar miedo al cambio consigue apuntalar idearios ultraconservadores, y frena la aparición de nuevas utopías, es decir, de proyectos vitales y sociales inéditos con los que ilusionarse. 

Por desgracia, en “Contra la distopía” estas críticas están planteadas de manera atropellada: en ocasiones no se profundiza lo suficiente en la argumentación, o quedan a medio explorar líneas de reflexión a priori interesantes. Por otro lado, el análisis del género se hace desde el punto de vista de la crítica política, pero apenas se atienden a perspectivas literarias, psicológicas o sociológicas. Esta acotación un tanto artificial creo que deja muy cojas las conclusiones a las que llega el libro, ya que deja fuera de su análisis géneros como el terror o la ciencia ficción, que no dejan de ser hermanos mayores de las distopías, y tampoco termina de relacionar los miedos coyunturales que retratan los relatos distópicos con otros muchos terrores atávicos inherentes a la condición humana. 

En fin, que yo venía a este libro buscando carnaza. Y algo de eso he encontrado: Martorell presenta algunos buenos argumentos con los que bajar de su trono a la plana mayor del género distópico. El problema es que lo hace de una manera tan atropellada que no consigue llegar al fondo de casi nada.


Hace unos meses vi que llegó a las librerías “Futurofobia: una generación atrapada entre la nostalgia y el Apocalipsis” (Ed. Penguin, 2022) escrito por Héctor García Barnés. Al echarle un ojo pensé quizás ahí aparezca mejor desarrollado el análisis sobre el auge del pesimismo político, las fobias sociales y el terror al povenir que yo esperaba encontrar en “Contra la distopía”. Pero a estas alturas ya no me apetece darle muchas más vueltas al tema.

Porque leí “Contra la distopía” a principios de 2022, lo cual significa que me he tirado unos ocho meses para redactar este triste post. Durante este tiempo mi vida personal ha dado mil vueltas de campana que me han tenido apartadísimo de este blog (ojalá a partir de ahora vuelva a estar activo como me gustaría), y el mundo entero ha dado tantos giros que ya no hay quien reconozca nada. Cada día escucho a más y más personas afirmar que la distopía ya ha llegado, y cada uno cita la suya favorita como modelo que predijo todo lo que ahora llena los noticiarios. El caso es que si pienso en una obra de ficción que haya dado en el clavo al tratar de prever el acontecer de las últimas semanas, lo primero que me viene a la cabeza es Silicon Valley, la serie que creó Mike Judge para HBO. Sí, el presente no me recuerda a una tragedia, sino más bien a una comedia cafre en la que un puñado de fantoches con importantes carencias socioafectivas tratan de hacerse ver como superlíderes de un futuro hipertecnológico, pero a duras penas consiguen enmascarar su incapacidad para mejorar nada de cuanto les rodea.

En fin, que el mundo continúa siendo un sitio igual de vulgar que de costumbre. Las cosas están revueltas, pero no más que hace diez, veinte o cincuenta años.

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