Rastros de Carmín de Greil Marcus, los fantasmas del pasado y la cara más aburrida del punk

El 23 de julio de 2020 me hice con un ejemplar de Rastros de Carmín: La historia secreta del siglo XX de Greil Marcus, un clásico de la literatura sobre el movimiento punk, publicado originalmente en inglés en 1989 y reeditado en 2019 por la Editorial Anagrama. Recuerdo la fecha exacta en que lo compré porque aquel día se celebró en Cataluña un pequeño Sant Jordi, después de que la pandemia COVID19 obligara a cancelar la fiesta mayor de los libros en el mes de abril.

Rastros de Carmín analiza el fenómeno punk no como una mera manifestación musical, sino como un fenómeno mucho más amplio, cuyo común denominador es el ejercicio de una subversión cultural extrema como medio a través del cual se pretendían alcanzar transformaciones sociales de profundo calado. Un texto así tenía su post reservado en Spam de Autor desde el momento en que cayó en mis manos. Sin embargo, me ha llevado más de un año publicar esta entrada del blog. No sé cuántas veces he abandonado la lectura a la mitad por puro tedio, ni cuántas he aparcado la redacción de este post por no encontrar nada interesante que contar sobre un ladrillo de este calibre.

En fin: no os hacéis a la idea del alivio que me queda ahora que me he quitado de encima este marrón. 

Greil Marcus – Rastros de Carmín. Una historia secreta del siglo XX

Un beso es efímero. Dura unos breves instantes, y después se desvanece. Pero una vez que se ha acabado, los rastros de carmín de la otra persona permanecen en los labios del que lo recibe, y su color y su sabor sirve para recordar que realmente el beso sucedió. Esta es la metáfora que Marcus utiliza para explicar el significado del estallido del punk: el movimiento comenzó a acumular energía a mediados de la década de 1970; estalló en 1977, cuando miles de adolescentes británicos se lanzaron a montar su propia banda; y, aunque su sonido apenas tardó un par de años en quedarse pasado de moda, durante la siguiente década parecía que ya no había manera de frenar esa voluntad común de derribar los pilares de la cultura y de la sociedad de la época.

Así, en Rastros de Carmín se repasan alguno de los acontecimientos más significativos del primer gran estallido del punk (Johnny RottenGang of FourThe SlitsDarby Crash de The GermsPolly Stylene, los Buzzcocks…); pero estos nombres desfilan por las páginas del libro en calidad de actores secundarios. Porque lo que busca Marcus es desentrañar la relación que guardan estos acontecimientos con otros movimientos políticos, religiosos o artísticos que anteriormente habían tratado de echar abajo el orden social de su época, a base de echar atacar sus valores y sus símbolos, y sustituirlo por el caos. Así, el protagonismo del libro recae sobre la revuelta de los campesinos de Thomas Müntzer, los Hermanos del Libre Espíritu, la Comuna de París, los Dadaístas y el Cabaret Voltaire, la Internacional Letrista y la Internacional Situacionista


Retrato del teólogo revolucionario Thomas Müntzer y candidato a haber sido el primer punk.

Un inciso: la Hauntología.

A finales de los años 80 del siglo XX el filósofo Jacques Derrida observó cómo en Europa pervivían elementos ideológicos relacionados con el bloque soviético –aquello de el fantasma que recorre Europa– a pesar de que el contexto social al que supuestamente estaban vinculados ya había desaparecido, y de ahí nace el concepto de hauntología.

Posteriormente, este concepto se ha ido expandiendo a estudios que se apartan del análisis estrictamente político. Así, pronto e empieza a aplicar en el ámbito de la historia cultural, y ahí es donde entra este Rastros de Carmín.

A priori los estudios sobre hauntología me parecen interesantes: el interés por identificar conexiones insospechadas permite recuperar hechos históricos que por diversos motivos habían quedado al margen del relato de la historia oficial. (Para que nos entendamos, aquello que la tradición académica ha considerado que no estaba vinculado a los orígenes y el desarrollo del orden capitalista, el liberalismo, la democracia parlamentaria, la familia tradicional o la jerarquía religiosa tal y como hoy los concebimos). 

Sin embargo, la proliferación de textos de este tipo venido acompañada de la extensión de vicios conceptuales -aceptación acrítica de fuentes de fiabilidad dudosa, uso de marcos teóricos desechadísimos del ámbito académico como el historicismo o el difusionismo antropológico– que a menudo derivan en visiones un tanto esotéricas del devenir histórico, en las que los acontecimientos funcionan como pantallas sobre las que el investigador proyecta los prejuicios y los traumas personales que desasosiegan su fuero interno.

Por otro lado, estos estudios suelen venir regados de anécdotas que ayudan a remarcar el perfil bizarro y marginal de lo que se está explicando. Esto suele dotar a los textos de un tono desenfadado que ayuda a que sean agradables de leer; pero desgraciadamente bastantes autores no son capaces de detectar dónde se encuentra el punto de saturación a partir del cual cualquier añadido no será más que una reiteración irrelevante. Vamos, que hay gente que no termina de darse cuenta de en qué momento está aburriendo al lector con sus historietas inútiles. 


Conclusiones sobre Rastros de Carmín

No creo que se pueda criticar a Rastros de Carmín por falta de rigor o por jugar a hacer seudohistoria. Desde un punto de vista técnico no solo me ha parecido correcto, sino que además, en sus páginas he encontrado unas cuantas reflexiones bastante brillantes.

Lo que sucede es que Greil Marcus no tiene problema en apabullar al lector con datos inútiles. Dedica centenares de páginas a glosar las andanzas de personajes no siempre memorables y a menudo bastante irritantes. Más concretamente, los eternos pasajes dedicados al Cabaret Voltaire y la Internacional Letrista, que quedan retratados como sendas pandas de pijos egocéntricos, me han resultado insufribles. 

Por otro lado, en los últimos años la extrema derecha se ha apropiado de algunas de las estrategias de comunicación y de acción acuñadas por el dadaísmo o el situacionismo, y ha conseguido neutralizar y poner al servicio del poder conservador bastantes de las que hace décadas se plantearon como innovaciones revolucionarias. La lectura de decenas y decenas de páginas en las que se glosan los pormenores de unos movimientos que a día de hoy encuentro completamente inútiles cuando no simplemente retrógrados, buf, me lo ha hecho pasar un poquito mal. 

En fin: a pesar de que Rastros de carmín plantea reflexiones más que interesantes, el desarrollo que hace de las mismas es exasperante. Y ya. 

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