Retromania (III)

Retromania

En Retromania, Reynolds presta especial atención a la figura del curator. Como ya comenté hace algunos posts es un término de difícil traducción al castellano pero que vendría a ser algo similar al comisario de arte: el encargado de ordenar todos los elementos de una exposición y dotarla de interés al mostrar conexiones insospechadas entre objetos bien reconocibles.

En “Retromania” el principal curator sería el propio Reynolds, que ordena una cantidad ingente de corrientes en el arte, en la moda y en el pensamiento, de tendencias económicas, políticas e ideológicas, y sobre todo de bandas, álbumes y canciones, de manera que resulta menos difícil comprender lo que ha sucedido en la música durante los últimos años. A menudo se habla de lo difícil que resulta explicar de forma organizada lo que ha ocurrido en la música desde el inicio del siglo XXI, en una época en la que ya no se reconocen grandes corrientes sino innumerables microestilos efímeros. Y en este orden nos sirven de guía los curators, artistas que reivindican y conjuran elementos dispares. En cierto modo, “Retromania” puede ser una buena guía de escucha para no perderse en las encrucijadas musicales de los últimos años.

El repaso empieza por mirar al pasado, a la Gran Bretaña de finales de los ochenta y principios de los noventa; The Jesus & Mary Chain, Spacemen 3, los Primal Scream de “Screamadelica”, inyectaron a la música de los sesenta (al pop clásico, al rythm&blues y a la psicodelia) nuevas formas musicales hijas del punk y del ruidismo, y también nuevas temáticas: en las tres bandas acercan el lenguaje religioso aun contexto de droga y violencia. Mientras tanto, ya vimos cómo al otro lado del Atlántico Sonic Youth ejercían de grandes comisarios de la contracultura norteamericana.

Ya en plenos años noventa St. Etienne o Stereolab continuarían con esta tarea en Gran Bretaña al conjugar principios musicales, políticos y estéticos de forma exclusiva. De los últimos años LCD Soundsystem y el conjunto de artistas a los que Peter Murphy ha acogido en torno a su sello DFA como continuadores del Shibuya-kei, sumidos en un debate permanente entre la atracción por su irónico hedonismo y la huida ante el miedo a verse atrapado en un imaginario cerrado y frívolo. De la gente de Ghost Box y el hauntology también hablé hace unos días, no hace falta repetirlo. El post hip hop de Gonjasufi y Flying Lotus por un lado, y Vampire Weekend y su pop abierto por otro, vendrían a representar lo que Reynolds llama pop con pasaporte diplomático: música que viaja a través de la geografía y la historia de la música mundial como quien recorriera el planeta con un salvoconducto diplomático que le permitiera una completa libertad de movimientos. Música que al fin y al cabo parece emular a lo que sonaría en un Ipod con teras y teras de música de todo tipo si se pusiera en shuffle. En el libro también se menciona a algunos de los que han reivindicado el espíritu de los orígenes de la cultura rave y la explosión del acid house y el éxtasis, bien en su faceta más pop de la mano de los Klaxons (que tampoco terminó de fraguar en algo demasiado guay), o bien por lo más electrónico de la mano del dubstep de Burial.

Pero no todo va a ser mirar al futuro, en el mundo de lo retro también hay mucho que reivindicar. En el libro se citan una burrada de nombres que aunque no entren dentro de la definición de curators reivindican unas influencias lo suficientemente selectas como para que su revival se convierta en algo imprescindible: los Flamin’ Groovies o los Fleshtones, los creadores de recopilaciones de discos de r’n’r primigenio (como Back fron the Grave, Peebles o Nuggets), The Cramps, el inabarcable Billy Childish, MC5, Dr. Feelgood

Para terminar, me ha resultado graciosa la forma en la que Reynolds despacha a algunas celebridades a los que no considera curators sino casi lo opuesto. Ahí estarían The Darkness, a quienes acusa poco menos que de confundir ironía con payasada.

    “Las alabanzas a The Darkness invariablemente recalcaron el “sano sentido del ridículo del metal” de la banda. Pero eso siempre me chocó, porque parecía un poco malicioso: un tumor de realmente-no-querer-decir-eso socavaba cualquier poder real que el metal todavía pudiera poseer. Dentro del panorama musical de la primera década del siglo no se parecían a otros grupos de hard’n’heavy como Queens of the Stone Age o Mastodon (por lo general rigurosos en su seriedad) sino en estrellas del pop como Robbie Williams (propenso a girar sus ojos con socarronería durante sus actucaciones, como si se distanciara de la pasión de la canción ) y The Scissors Sisters”.

Por otro lado, creo que a Reynolds no le hacen demasiada gracia The White Stripes. En varios momentos deja caer alguna crítica más o menos velada. Pero lo que más me ha llamado la atención son estas palabras sobre la relación de la banda con Billy Childish.

    “De entre todos los wannabes el que estaba más colado por Billy era Jack White de The White Stripes. Le pidió a Childish aparecer con la banda en Top of the Pops y pintar un cuadro en el escenario; cuando Childish declinó amablemente, White apareció en televisión con ‘Billy Childish’ escrito en grandes letras en su brazo. White estaba tan obsesionado con Childish que hizo alguna grabación con el mismo estudio vintage Toe Rag donde Childish hizo sus discos, y bastante gente asumió que White era el propietario. “The White Stripes querían grabar donde nosotros habíamos grabado, solo que querían pasar varios meses mientras que nosotros habríamos usado un día”, dice Childish, mosqueado. “Siempre digo que la diferencia entre nosotros y los The White Stripes es que nosotros intentábamos acortar quince yardas de distancia entre nosotros y el público, y ellos intentaban poner quince yardas entre ellos y la audiencia. Ellos funcionan para el estadio. Pienso que Jack sabe que las primeras cosas que grabó él solo son lo mejor que han hecho”.

Retromania I
Retromania II

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