Techno Rebels, de Dan Sicko

DETROIT

Techno Rebels: Los renegados del funk electrónico” de Dan Sicko (Alpha Decay, 2018) repasa el desarrollo del techno de la ciudad de Detroit desde finales de la década de 1970 hasta los primeros años del siglo XXI. El libro aporta información más que suculenta sobre un enclave determinante en la evolución a nivel mundial de la electrónica de baile (y también en mi propia experiencia musical, ya que aprendí a escuchar y disfrutar del technazo gracias a algunos de los protagonistas de esta historia). Es breve, y se deja leer con gusto.

Para explicar todo esto, Sicko hace un repaso de los personajes que modelaron el funk electrónico hasta dar forma al característico techno duro y mecánico de la anteriormente conocida como Ciudad del Motor. Así, por estas páginas desfilan figurones como Juan Atkins, Derrick May y Kevin Sauderson, Jeff Mills y el colectivo Underground Resistance, y también John Aquaviva, o Richie Hawtin, venidos desde el otro lado de la frontera canadiense (vamos, desde la orilla de enfrente del río Detroit). Además, el libro rastrea las influencias musicales sobre las que esta gente levantó su sonido, y también la posterior expansión de sus productores y dj’s más allá del océano.

Porque el caso de Detroit es singular. A pesar de que su escena techno es un referente mundial, nunca ha despertado interés entre el público o la prensa musical estadounidense. Supongo que este aislamiento respecto a su entorno más inmediato contribuyó a que sus creadores desarrollaran una personalidad lo suficientemente sólida como para ser venerados por el público europeo.

Pero sobre todo me parece interesante el repaso que se hace en Techno Rebels a la dimensión colectiva del fenómeno: fiestas, clubs, programas de radio, festivales de música, sellos, dormitorios de adolescentes en el extrarradio de Detroit, escenas locales europeas, e incluso el despertar tardío de la escena raver en Estados Unidos. Al fin y al cabo, más allá del hedonismo individualista, el baile suele presentar una dimensión colectiva, dentro de la cual funciona como ritual que representa y fortalece la cohesión social (algo que me gustó cómo quedó explicado en El estado de las cosas de Kortatu). Y es llamativo que también se destaca todo esto en Energy Flash y Der Klang Der Familie, libros que cierran un triángulo de escenas (la de los clubs de Berlín, la de las raves británicas y la de los pioneros del underground de Detroit) que resultan clave en el desarrollo del techno tal y como yo lo he conocido.

En cualquier caso, en las tres obras se recalca la rigurosa concepción del compromiso social que tenían los participantes de la escena de Detroit. Por ello, Techno Rebels apenas se detiene en relatar hazañas relacionadas con el consumo de drogas (que, para sorpresa de los aficionados europeos, los de Detroit veían como una amenaza para la comunidad), promiscuidad sexual o estilismos extravagantes. Y al mismo tiempo son abundantes las referencias a su rechazo total a la industria del entretenimiento y a la música entendida como un mero artículo de consumo, que se hacen explícitas en su negativa a participar en las estructuras de promoción y distribución del mainstream y en su oposición a una estética basada en el culto a la imagen y en el servilismo hipermercantilista.

En fin, llama la atención que una ciudad como Detroit, paradigma de la involución urbanística y del destrozo social que deja a su paso el leviatán capitalista, sea escenario del nacimiento de nuevas formas de interacción política y cultural. Y, llegado a este punto, siento ganas de arrancarme con una impactante reflexión sobre cómo las comunidades en descomposición (ya sea el Berlín recién reunificado, ya sea el Reino Unido en pleno thatcherismo, ya sea el Detroit desindustrializado) funcionan como caldo de cultivo propicio para la experimentación de nuevas formas de comunitarismo, y cómo la experimentación artísitica se convierte en catalizador de estos procesos… Pero no. Porque hacerlo sería una majadería por mi parte: ni he estado en ninguno de estos lugares, ni cuento con información suficiente como para formular nada que pueda leerse con un mínimo de seriedad. Y, de paso, os recomiendo que huyáis de los estudios seudosociológicos y seudohistóricos con la misma prisa con la que escapáis de cualquier otra patraña de esas que llamáis seudociencia. Basta ya de llenar internet de chorradas.

Y antes de cerrar por hoy dejo un último apunte. Las primeras ediciones de cada uno de estos tres libros sobre el techno aparecieron a finales de la década de los noventa, hace ya dos décadas. En aquel momento las escenas que retratan aún ardían, o al menos sus brasas seguían dando calor. Pero lo que ha llegado a las librerías españolas han sido traducciones a partir de reediciones revisadas y actualizadas una década más tarde de las ediciones originales, cuando ya toca ver estas escenas como objetos de nostalgia, y encontramos con que muchos de sus protagonistas han fallecido, cuando no lo ha hecho también el propio autor del texto (el propio Dan Sicko murió en 2011).

Así que toca preguntarse, ¿por qué leer sobre música en castellano siempre supone llegar tarde a todo?

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