Los anacoretas

San Onofre representado en un icono bizantino

¿Llevas un mes encerrado en casa y ya no sabes qué hacer con tu vida? Bueno, pues ya decían Hidrogenesse que hay miles de cosas en el mundo que son mucho peor. Por ejemplo, los anacoretas. Eran personas que a lo largo de los últimos siglos de la edad antigua se pasaban años y años apartados del resto de la gente, dedicados  a buscar a dios o a algo que se le pareciera. Y como este tipo de gente siempre me ha caído en gracia, aprovecho para dedicarles un post. 

Para muchos, la principal referencia sobre los anacoretas (y quizás la única) sea Simón del desierto (1965), la película de Luis Buñuel sobre un penitente subido a una columna al que el demonio le provoca con todo tipo de tentaciones. La película se inspira libremente en la vida de Simeón el estilita, un anacoreta que falleció en el año 456 después de pasar cuarenta años encaramado a las ruinas de un templo en el desierto de Siria. Se conoce bien la figura de Simeón porque en torno a él (y a otros tantos que optaron por un ascetismo solitario) se generó una suculenta literatura hagiográfica que recogió los milagros, las penurias y las extravagancias místicas que protagonizó este titán del distanciamiento social. 

Gracias a esos textos se sabe que el boom de la anacoresis tuvo lugar en el Mediterráneo oriental durante los siglos de decadencia del Imperio Romano. En aquellos tiempos comenzaron a proliferar casos de personas que abandonaban las comodidades de la vida en las ciudades y optaban por llevar hasta las últimas consecuencias los preceptos cristianos de ayuno, caridad, oración y abstinencia sexual. Consideraban que el castigo físico era el mejor camino para la purificación del alma, y por ello se sometían a todo tipo de penurias que les permitieran poner a prueba su fe. Lo importante para ellos no era esquivar las tentaciones, sino enfrentarse a ellas de la manera más cruda posible. Y el desierto, lugar no apto para la vida humana, les ofrecía unas condiciones inmejorables: allí donde no rigen las leyes de los hombres y donde solo habitan las bestias salvajes, no existían distracciones que pudieran apartarles de su misión de plantar cara al demonio a tiempo completo. 

Se considera que San Antonio abad es el padre del movimiento anacorético. Se crió en el seno de una familia adinerada, pero a los veinte años de edad renunció a sus posesiones y marchó a vivir aislado al desierto de Egipto. A partir de aquel momento habitó sucesivamente en una celda, después en un sepulcro vacío, más tarde en las ruinas de una antigua fortaleza y finalmente en una montaña, en la que moriría a los 105 años de edad, allá por el 356 d.C. Y siempre se mantuvo firme ante la tentación.

Muchos fueron los que siguieron el ejemplo de San Antonio y abandonaron todo para retirarse a vivir en la soledad absoluta, o en comunidades de tipo cenobítico en las que sus miembros se encontraban aislados unos de otros. Solían ir desnudos o cubiertos con hojas de árboles o harapos, no se aseaban y dejaban crecer sus cabellos indefinidamente, así que presentaban un aspecto grotesco. Pronto la presencia de eremitas se extendió más allá del desierto de Egipto, y comenzaron a dejarse ver en diversos territorios del norte de África y el Oriente Próximo; pero fue en la zona de Siria donde la anacoresis se practicó de manera más creativa e innovadora. Vamos, allí se convirtió en un festival de a ver quién la prepara más gorda que parece anteceder los challenges entre usuarios de redes sociales. 

En los textos de la época se distinguen distintos tipos de anacoretas según cuáles fueran sus prácticas favoritas: los estilitas (como el mentado Simeón) vivían subidos en una columna; los estadistas practicaban la inmovilidad absoluta, e incluso dormían amarrados a postes o colgados de vigas para no perder la posición vertical; los dendritas vivían subidos a los árboles; los akenetas nunca dormían; los hepetros habitaban en recintos no techados para sufrir directamente las inclemencias del clima; los dementes se hacían pasar por locos para llegar a sufrir castigos públicos que sirvieran para depurar su orgullo; y la lista se extiende con los que deciden llevar una vida errante, los que viven encerrados en sepulcros, los que lo hacen con el cuerpo semienterrado… 

En todos estos casos, su tentación principal era la de desistir de esa vida de mierda y retornar a las comodidades de las que disfrutaron en el pasado. Por ello se veían obligados a ahogar sus recuerdos a base de orar y leer textos sagrados de manera constante. Por otro lado debían desafiar  la tentación de la gula, y para ello combinaban el ayuno con otras privaciones como  rechazar el consumo de carne, de alimentos cocinados o de condimentos que pudieran convertir la comida en algo placentero. Bueno, de hecho a menudo solo se alimentaban de hierbas del desierto.

La tentación sexual también les empujaba a todo tipo de situaciones aparatosas. Al demonio le gustaba manifestarse con forma de mujer, de niño o persona de color negro, pues sabía que de esos cuerpos  despertaban en los anacoretas la tentación carnal (!). Pero el deseo no conoce límites, y dado que el contacto con madres o hermanas solía provocar pensamientos y también actos impuros, era vital que se mantuvieran distanciados de sus familias. Por otro lado, el abanico de estrategias a las que recurrían para proteger su propia castidad era bien amplio: desde trabajar hasta la extenuación para así verse incapacitados para cualquier práctica sexual hasta cubrir su piel de aromas de cadáver putrefacto o de menstruación para apagar la lujuria de quienes trataran de acercarse a ellos. Además de la autocastración, que es la solución por la que optó Orígenes de Alejandría.

Por norma general los anacoretas eran varones que consideraban a las mujeres como fuentes de tentación o de flaqueza, y por ello rechazaban tenerlas cerca. Este es el motivo principal por el que no resultan frecuentes los testimonios sobre anacoretas femeninas; pero haberlas, las hubo. Para evitar el rechazo de sus congéneres masculinos, estas optaban por vivir encerradas en celdas o cuevas, y en  algunas ocasiones se hicieron pasar por hombres. En cualquier caso se sabe de algunas que lo petaron fuerte, como fue el caso de Amma Sara, Sinclética de Alejandría, Santa Teodora o Santa María Egipciaca.

Santa María Egipciaca, cubierta de vello rubio, recibe ayuda del monje Zósimo (tabla conservada en la British Library)


Los anacoretas de época del Bajo Imperio Romano no fueron los primeros que se lanzaron a buscar la virtud alejados de la vida en sociedad. Ya desde siglos atrás está documentada la existencia de comunas de filósofos que, siguiendo modelos Pitagóricos o Neoplatónicos, desean retornar a una Edad de Oro en la que la alimentación era espontánea y no hacía falta trabajar para vivir. 

Por otro lado, ¿recordáis en La vida de Brian al hombre barbudo al que le hacían romper su voto de silencio? Pues sí, también él representa a uno de estos anacoretas. De hecho, los evangelios recogen algunos casos de personas que se apartaban de la sociedad como entrenamiento ante la inminencia del advenimiento del Reino de Dios. Juan el Bautista fue uno de ellos.

 Y Juan estaba vestido de pelo de camello, y tenía un cinto de cuero alrededor de sus lomos; y su comida era langostas y miel silvestre.

Y salía a él Jerusalén, y toda Judea, y toda la provincia de alrededor del Jordán, y eran bautizados por él en el Jordán, confesando sus pecados. (Mateo 3, 4-6)

Y el propio Jesucristo, como buen discípulo de Juan Bautista, no dudó en tomar su ejemplo.

Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo. Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre. (Mateo 4, 1-2)


Y, como viene siendo costumbre, no puedo acabar el post sin antes llorar un poco por no tener hoy a mano mis apuntes de la universidad ni poder acercarme a una biblioteca para documentarme mejor. Por fortuna he encontrado por internet varios sitios que me han ayudado a refrescar la memoria, entre los que quiero destacar algunas conferencias sobre el tema que están colgadas en la web de la Fundación Juan March y, sobre todo, un podcast en el que se entrevista sobre el tema a Ramón Teja Casuso catedrático de Historia Antigua en la Universidad de Cantabria, especialista en religiones del mundo antiguo, y una persona sobre quien guardo anécdotas tremendas como para llenar unos cuantos posts alucinantes.

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