Elitismos musicales (I)

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Últimamente oigo con bastante frecuencia el latiguillo “Odio eterno al fútbol moderno”, que expresa el descontento con los cambios que el mundo del balompié ha vivido en las dos últimas décadas. El proceso de hipermercantilización del deporte rey ha erosionado el deporte rey no solo en sus aspectos económicos, sino que ha provocado efectos colaterales en casi todos sus ámbitos. Uno de ellos es el deterioro del espectáculo, desde el momento en que la meta que persiguen jugadores y equipos ya no es ganar sino hacer de plataforma publicitaria eficaz al servicio de otras marcas comerciales. Otro de ellos es la práctica expulsión de las clases populares de los grandes estadios. Las subidas de precio en los abonos, los cambios en las normativas de seguridad y en la configuración de los propios recintos deportivos o los horarios de juego intempestivos han hecho que ver regularmente los partidos en el campo sea un privilegio inalcanzable para el que ha sido su público más fiel durante más de un siglo.

Los que me conocéis ya sabéis que no soy un gran futbolero. Sin embargo, este fenómeno me resulta interesante ya que sirve de ejemplo para explicar el avance de elitismos que en los últimos años han arraigado en prácticamente todos los ámbitos de la vida. El imprescindible estudio “Chavs: la demonización de la clase obrera” –sobre el que ya hablé hace unos meses- da un exhaustivo análisis de este fenómeno: a medida que desaparecen las clases medias y crece el abismo que separa a pobres y a ricos, muchos de los que ven cómo cae su status social tratan de hacer visible que su situación es mejor que la de aquellos que se encuentran por debajo. Y, por supuesto, los que están en lo más alto también se esfuerzan por diferenciarse del resto.

Y esto también ha empapado el consumo de música popular. Cierto es que el concepto de cultura pop nació como producto comercial de una sociedad altamente consumista. Pero en los últimos lustros, al mismo tiempo que la difusión de internet propiciaba una serie de cambios en los que muchos vieron la esperanza de una democratización (todos los artistas podrían difundir su música en igualdad de condiciones y todos los oyentes podrían escoger entre una oferta casi infinita), se han vuelto más rígidas las jerarquías que ordenan las relaciones entre creadores, entre la industria y los consumidores, y también entre los propios aficionados entre.

El ocaso del Compact Disc y la difusión de las redes de P2P y la música en streaming por un lado han debilitado a las compañías independientes y a los pequeños autores, y por otro lado han reforzado la posición dominante de la Gran Industria. Y, lo más perverso de todo, ha calado en la opinión pública de que esta situación es mejor para el aficionado y más igualitaria para los autores. Pero lo cierto es que los gustos de la mayoría parecen seguir cada vez más fielmente unas directrices marcadas. Los hábitos de consumo se han homogeneizado en torno a lo que imponen los grandes emporios del entretenimiento, y los artistas, asfixiados, carecen de fuerza para controlar nada más que un margen para la creatividad cada vez más minúsculo.

Esto se hace visible en la conformación de jerarquías entre los grupos de individuos que conforman la audiencia. Es posible que la posición dentro de estas jerarquías guarde alguna relación con el status económico, cultural y social de cada oyente, aunque ahora no puedo ponerme a investigar hasta qué punto esta relación es real.

En cualquier caso, las jerarquías están ahí. Desde los fanáticos de los Gin Tonics Premium y las Hamburguesas Gourmet a los flipados de las motos Harley Davidson o las cámaras réflex, se han establecido patrones de consumo que determinan el punto de la jerarquía en el que se encuadra la posición de cada usuario. Un ejemplo de ello son los distintos rangos que se establecen dentro del coleccionismo musical. Pero de esto tocará hablar en el próximo post.

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