Distopías 2017

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Cuando llegué a Lleida hace tres meses bastante gente me advirtió de que me iba a encontrar con un sitio aburrido para una persona como yo. Bueno, pues a día de hoy creo que se equivocaron. Quizás la vida cultural de la ciudad no sea tan intensa como en otros lugares, pero todo lo demás sucede a un ritmo bien difícil de seguir. Mi anterior post se quedó anticuado a las pocas horas de publicarse. Y desde entonces he abortado un par de publicaciones porque lo que había escrito ya había caducado antes de que los hubiera terminado. Esto es bastante frustrante. Por momentos uno se siente incapaz de aprehender la locura cotidiana que es la vida en un sitio como este. Pero no dejar constancia de esto sería terrible.

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Blade Runner 2049. Buah, qué poco me ha gustado el Blade Runner de Denis Villeneuve. Supongo que después de saltar esto debería escribir un análisis cinematográfico sesudo, pero hoy no es día para ello. La cosa es que cuando se encendieron las luces de la sala y salí a la calle me encontré con una realidad mucho más alucinante que la de la peli.

Lleida es un despropósito urbanístico que sume a sus habitantes en un estado de alarma constante. Bloques y más bloques de castigos arquitectónicos se apelotonan sin sentido, y entre ellos solo se encuentra respiro en los innumerables solares dejados por edificios derruidos. La mezcla de tipos humanos que uno se encuentra por la calle es inabarcable. Da mucho respeto atravesar solo el ghetto de los negros. Pero bueno, yo vivo en el barrio árabe y, más allá del choque cultural, todo es mucho más tranquilo de lo que aparenta. Pero, sea como sea, parece imprescindible manejar al menos tres idiomas para desenvolverse con soltura en muchas situaciones cotidianas.

La pertinaz sequía no se deja notar en un lugar en el que casi nunca llueve, pero las gentes del lugar advierten de que el invierno traerá la temida niebla, que cubrirá este escenario con un aspecto fantasmagórico. El ruido de las sirenas y las luces de los infinitos furgones de policía acechan en cada esquina. También cuelgan esteladas y banderas de España en casi todas las fachadas. Y las concentraciones y manifestaciones políticas se suceden prácticamente a diario, al ritmo de una crisis institucional totalmente demenciada.

En fin, volviendo a Blade Runner: si se me va a ofrecer una historia de ficción, por favor, que me muestre una realidad un poco más grande que la que veo cuando me asomo a mi ventana.

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Distopías 2015. Esta semana he comenzado a jugar en mi vieja XBOX360 a la primera parte de la saga Bioshock. A pesar de que el juego se publicó hace ya diez años (lo cual yo creo que le mete de lleno en la categoría de retrogaming), resulta tope entretenido. Por otro lado, me alucina cómo en los juegos de esta saga han colado todo tipo de mensajes críticos con el capitalismo salvaje, el integrismo religioso y el autoritarismo político. Además, el rollo milenarista de los discursos que se escuchan en diversos momentos de la saga no parece muy distinto al de muchas cosas que he escuchado en las últimas semanas por la tele.

El caso es que allá por 2015 ya comenté Bioshock Infinite, el tercer juego de esta saga, en un post en el que repasaba diversas representaciones de realidades distópicas. Y, ahora que lo estoy releyendo, no puedo estar más de acuerdo con la reflexión final que incluí en aquella ocasión: ¿para qué necesitamos relatos sobre distopías vintage, si solo con poner un pie en la calle nos golpea una realidad mucho más extraña e inquietante?

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La Doctrina del Shock. Parece mentira que hayan pasado diez años desde que leí este libro. En él, Naomi Klein repasa cómo a lo largo de las últimas décadas distintos gobiernos e instituciones se han valido de electroshocks (físicos o políticos) para imponer las muy jodidas tesis económicas y sociales paridas por Milton Friedman, uno de los padres teóricos del neoliberalismo. Bueno, tampoco creo que haga falta extenderse mucho más en el contenido del libro: muchos lo conoceréis ya de sobra, y los que no tenéis el documental oficial colgado en Youtube.

Desde hace semanas buena parte de los habitantes de Cataluña viven en un estado de shock permanente. Continuamente llegan estímulos demasiado fuertes, que hacen difícil mantener la mente clara para percibir con precisión lo que sucede alrededor. A menudo oigo hablar de que se vive en un estado de secuestro emocional, o expresiones parecidas. Supongo que esto es difícil de explicar para el que no lo está viviendo desde Cataluña. Los ataques a determinados símbolos de la comunidad, los cuerpos de élite de las Fuerzas de Seguridad del Estado permanentemente visibles, las trampas tendidas desde los medios de comunicación, la brutalidad de los vídeos de las cargas del 1 de octubre que no cesan de reproducirse en todas partes… Los ánimos de todo el mundo parecen predispuestos a recibir en cualquier momento la noticia de una Nueva Derrota, algo así como el advenimiento de un Gran Mal abstracto. Poca gente parece confiar ya en que nada vaya a derivar en algo positivo. Y esa sensación de “lo peor está por llegar” es una mierda: a pesar de la imagen de firme resistencia que se pretende ofrecer, buena parte de la gente se comporta como si ya se hubiera rendido. Y, al haber asumido la derrota de antemano, se acepta que la llegada del Gran Castigo, sea cual vaya a ser, es inminente. Y vivir así es una mierda.

Vuelvo la vista atrás en el tiempo, y me doy cuenta de que Mariano Rajoy llegó a la Moncloa en el año 2011. Desde entonces este tipo de shocks políticos se han repetido de forma casi cíclica. Con mayor o menor intensidad, en escenarios más o menos familiares, pero cada poco tiempo han vuelto a la actualidad. Y la segunda legislatura de Rodríguez Zapatero también se movió por estos derroteros. Sin que nos hayamos dado cuenta, a lo largo de la última década hemos recibido tantos palos a lo largo que nos hemos acostumbrado a las malas noticias. La imagen de cómo se vivía antes de estas crisis sigue tan viva en nuestra memoria que no nos hemos dado cuenta de que hace mucho que todo lo que conocíamos saltó por los aires. Vaya panorama más atroz.

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